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viernes, 18 de marzo de 2016

Adiós ¿hasta pronto?

Hace unos meses, el 24 de septiembre de 2015 para ser exacto, me despedí de un grupo —les hago el favor del adjetivo— literario (pero no me resisto a la tentación de las cursivas) al que pertenecí fugazmente. Y me despedí con estas palabras: “Aprovecho para despedirme de vosotros, al menos por una buena temporada. A mi edad (66 años y mucho pico) las energías ya no abundan, y necesito economizarlas y concentrarlas en un proyecto (un libro de cuentos largos y tal vez una novela) que a buen seguro precisará de todas ellas. Así pues, muchas gracias a todos por la atención que habéis prestado a mis textos y hasta la vuelta.
No mentía. Lo del proyecto era y sigue siendo cierto. Pero tampoco decía toda la verdad. Mi amigo Tonto el que lo escribe tiene una norma de conducta que siempre me ha parecido sabia y acertada. Se resume en esta máxima: “Prefiero no decir lo que pienso a decir lo que no pienso.”  Preferí, entonces, a pesar de Quevedo (“¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”), no manifestar (aunque ya lo había insinuado en ocasiones; bien con expresivos comentarios críticos, bien con los a veces mucho más expresivos silencios) el motivo principal de mi abandono del grupo: su mediocridad, cuando no indigencia, literaria.
Todo el mundo, por supuesto —y yo, como podría decir Fernando VII, el primero—, tiene derecho a marchar francamente por la senda de la mediocridad literaria. Pero lo que ya es más discutible es el derecho a regodearse con esa mediocridad —cuando no indigencia, repito—, a complacerse en ella, a convertir esos grupitos supuestamente literarios en un club de elogios mutuos, un club donde lees para que te lean, donde alabas para que te alaben, donde mientes para que te mientan.
Pero ahora, con esta despedida, y ahí es adonde quería llegar, sí que digo toda, absolutamente toda la verdad. En los meses transcurridos desde el abandono que acabo de contar he avanzado algo en el libro de cuentos largos (la novela sigue siendo todavía una ensoñación más que un verdadero proyecto). Algo. Pero no tanto como hubiese querido.
Por ello, y también porque olfateo el peligro de empezar a repetirme en esta columna, pues a veces, cuando me pregunto qué diablos o demonios voy a escribir para cumplir con mi compromiso semanal, pienso que lo mejor —o lo menos malo— que podría escribir ya está escrito hace mucho, y sobre todo porque no puedo sino rebelarme contra ese mal pensamiento diciéndome que lo mejor —o lo menos malo— que pueda escribir aún no está escrito, por todo eso, en fin, necesito dedicarme en cuerpo y alma (discúlpese el tópico, pero aunque sólo seamos cuerpo me ha salido del alma) a ese maldito libro de cuentos largos que tanto me está costando escribir.

Así pues, si el hasta la vuelta de mi primera despedida encubría un hasta nunca, el ¿hasta pronto? de ahora no encubre nada. Puedo asegurar y aseguro que es completamente veraz. Puedo asegurar y aseguro que expresa sinceramente ¿un deseo?

viernes, 11 de marzo de 2016

¿Manzana o manzano?

Si no el único en la generación de estructuras fractales, el conjunto de Mandelbrot —tal vez porque este matemático fue el padrino de bautizo del término— sí que parece ser el más conocido, al menos para los legos en ciencias, entre los cuales (¡ay! sí, padre; con profundo dolor lo confieso) me cuento.
Un fractal es, grosso modo, una estructura geométrica cuyas características básicas se repiten a diferentes escalas. Con respecto al conjunto de Mandelbrot son muy interesantes las reflexiones de Roger Penrose en su obra La nueva mente del emperador (traducción de Javier García Sanz, Biblioteca Mondadori, 1991), cuando se pregunta (pp.131-132) sobre la realidad platónica de los conceptos matemáticos: “¿Hasta qué punto son «reales» los objetos del mundo del matemático?” (...) “El conjunto de Mandelbrot proporciona un ejemplo sorprendente. Su estructura maravillosamente elaborada no fue la invención de ninguna persona, ni el diseño de un equipo de matemáticos.” (...) “El conjunto de Mandelbrot no es una invención de la mente humana; fue un descubrimiento. Al igual que el Monte Everest ¡el conjunto de Mandelbrot está ahí!”
Muy interesantes, sí, las reflexiones de Roger Penrose, y en absoluto desatinadas, al menos en este caso, ya que fue nada más y nada menos que la Madre Naturaleza la inventora de las estructuras fractales.
Pues fractales y no otra cosa son, por ejemplo, las repeticiones ramificadas de sí mismas que encontramos en las formas de un árbol, desde las primeras divisiones del tronco hasta las últimas nervaduras de las hojas, o las no menos ramificadas repeticiones del sistema circulatorio (o del nervioso, o del linfático), desde la más gruesa de las arterias al más fino de los capilares.
Y para que —aunque sólo sea por una vez— la realidad no supere a la ficción ni la naturaleza al arte, propongo al lector que imagine un nuevo tipo de fractal: una mano de cuyos dedos broten nuevas manos a menor escala de cuyos dedos brotarán nuevas manos aún más diminutas de cuyos dedos..., etcétera, etcétera, etcétera; hasta que, finalmente, las últimas manos imaginables cierren los dedos asiendo unos sobres de impoluta blancura, unos sobres que, en negros caracteres de imprenta, llevarán escrito: Tres por ciento.
Imagine también el lector que la mano matriz es como un corazón que bombea sangre hasta los últimos capilares, y que las microscópicas manos recaudadoras son como raíces desde las que asciende la savia hasta la copa del árbol.
Y pregúntese, en fin, el lector si esta fábula habla de agusanadas manzanas individuales o si habla de un manzano podrido todo él desde la copa hasta las raíces, de un manzano todo él corrompido desde las raíces hasta la copa.


viernes, 4 de marzo de 2016

El que avisa no es traidor

Esta columna la escribe un tahúr del Misisipi. Esta columna es un as sacado de la manga (“Te la has sacado de la manga”, me acusará muy pronto, y con razón, el indignado lector). Esta columna, en fin, es una de esas columnas que se perpetran cuando no se sabe qué diablos o demonios escribir.
Hay ocasiones en que las ideas caen como llovidas o incluso granizadas del cielo. Y hay ocasiones, ¡ay!, en que la sequía nos deja secos (dedico este indignante retruécano al indignado lector).
El escritor profesional, el que publica, el que tiene asegurado un rinconcito periódico en los diarios o un rinconcito diario en los periódicos (y quien dice diarios y periódicos dice también revistas) siempre puede —o incluso debe— recurrir a los temas de actualidad. Pero el pobre aficionado, el que no publica, el que sólo dispone de un inseguro rinconcito clandestino visitado por poco más que cuatro amigos (no diré gatos, por respeto) y que a pesar de todo no renuncia a la aspiración de ser leído ni renuncia sobre todo al anhelo de posteridad, ¿cómo va a escribir sobre algo tan efímero como la actualidad, algo tan pasajero que desde que el papel desapareció en combate ya ni siquiera sirve, y eso hemos ganado en higiene, para envolver el pescado?
Una buena amiga y sin embargo excelente escritora (o al revés, que para el caso es lo mismo) me propone, habiendo conocido mi apuro, dedicar esta columna a no sé qué debate de investidura habido en estos —que pronto serán remotos— últimos días. ¿Para qué, me pregunto, si no tardará en confundirse en el tiempo y tal vez en el infierno con tantos otros debates tan estériles y surrealistas (el segundo adjetivo es de mi amiga) como ése?
Pienso en unas palabras de Borges, en la dedicatoria que en El hacedor hace (discúlpeme el indignado lector, pero ahora el retruécano ha sido sin querer) a Leopoldo Lugones: “...y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos...”
Mentiría si negara que, no como lluvia ni mucho menos como granizo sino como esas cuatro gotas mezcladas con barro que sólo sirven para ensuciar los coches recién salidos del lavadero, un par de ideas para esta columna no haya llegado a rondar por mi cabeza. Pero una de ellas, una reivindicación del punto y coma, me parecía demasiado frívola. Y la otra, una reflexión sobre la culpa que en su propia desaparición tiene la clase media europea, demasiado seria (además de merecedora de un más que amplio estudio, que excede de mis más que modestas posibilidades).
Veo llegar, esta vez como una ayuda, esta vez con alivio, al editor y sus tijeras. Al final, no sé si habré logrado indignar al lector. Y es que merecido castigo es para el escritor el quedar siempre muy por debajo de su nunca cumplida aspiración, muy lejos de su perpetuamente inalcanzable anhelo.


viernes, 26 de febrero de 2016

Crematorio

Acabo de leer la impresionante novela de Rafael Chirbes. No conozco la serie de televisión que se hizo a partir de esa obra, por lo que no voy a establecer comparaciones al respecto. Tan sólo diré que, sabiendo de la existencia de la serie, me esperaba otro tipo de novela; más televisiva que literaria, por así decirlo. Pero, no ya desde las primeras páginas, sino desde las primeras frases he podido intuir que iba a zambullirme, como así ha sido, en una obra literaria de las de verdad, una obra literaria de las verdaderamente grandes.
Más allá de la magistral utilización del punto de vista y del tiempo narrativo (las pocas horas que preceden a un funeral se expanden desde el pensamiento de cada uno de los personajes hasta abarcar más de medio siglo de nuestra Historia reciente, a la vez que, a modo de calidoscopio o de rompecabezas, cada uno de los personajes nos proporciona datos para ir construyendo, desde una visión poliédrica, el retrato vital de todos ellos), lo que verdaderamente me ha impresionado —lo que de verdad me ha llegado al alma, podría decir— es el contundente valor simbólico de la novela.
El muerto a cuya incineración van a asistir los demás personajes es un antiguo comunista ortodoxo —lo que no le impidió encargarse de la administración de la fortuna familiar— reciclado (nunca mejor dicho) en no menos ortodoxo agricultor ecologista. Su hermano mayor es un arquitecto que se hizo rico construyendo, aunque con un oscuro y delictivo origen —tráfico de drogas— de su, por decirlo de algún modo, acumulación primitiva de capital. Un amigo común de los dos hermanos es un escritor desengañado de su arte y condenado por un cáncer a una muerte cercana. Los tres, de un modo u otro, renunciaron a sus más o menos sinceros sueños de juventud. La hija (restauradora de arte) y el yerno (catedrático y crítico literario) del constructor ni siquiera han tenido sueños a los que renunciar pues, por lo que éste piensa de ellos, renunciaron desde primera hora a tenerlos. Todo es desolación, como el paisaje arrasado por las promociones inmobiliarias. El único atisbo de futuro es el hijo varón que, por fin, a sus setenta años, va a tener el constructor como fruto de su segundo matrimonio, contraído con una antigua camarera o chica de alterne mucho más joven que él.
Novela, pues, sobre el fin del mundo o, tal vez de manera más exacta, sobre lo que Francis Fukuyama denominó el fin de la Historia. Y eso es lo que le ha llegado al alma, más que a mí, a mi amigo Tonto el que lo escribe, que no hace mucho dijo:
“El mejor botón de muestra (perdón por el tópico) de la calaña, la catadura y el pelaje del ser humano es que el único (¡ay!) y quizás (¡ay!, ¡ay!) verdadero instrumento de progreso (?) que ha sido capaz de inventar es el capitalismo.”
¿Pesimismo o realismo? Es muy posible que los dos términos sean sinónimos. Me lo hace pensar esa expresión mezcla de lucidez y de amargura que he creído encontrar en muchas de las últimas fotografías de Rafael Chirbes, fallecido hace pocos meses. Y me lo vuelve a hacer pensar mi amigo Tonto el que lo escribe, que en su despedida el pasado 31 de diciembre de 2015 dijo esto:
“Antes de retirarse a sus cuarteles de invierno, antes de hacer mutis por el foro, antes, en fin, de pasar a mejor vida, el tonto que esto escribe querría —como esa última cena, ese último cigarrillo, esa última voluntad que se concede al condenado a la pena capital— dejar constancia de su opinión de que a estas alturas de la Historia Universal nos hemos ganado, sobradamente y con creces, el derecho al pesimismo.”


viernes, 19 de febrero de 2016

Don Miguel

“Igual que hay un solo Dios, mi buen Sancho, verdadero don Miguel no hay más que uno. Y no es don Miguel Delibes. Ni don Miguel de Unamuno”. Esto escribió mi buen amigo Tonto el que lo escribe el pasado 31 de diciembre de 2015 —día de su despedida de todo un año de destilación de tonterías—, imaginando por un momento a don Quijote —el imperecedero personaje, la milagrosa criatura— no a lomos de Rocinante sino de una máquina del tiempo —¿transfiguración tal vez de Clavileño?— y cabalgando en ella hacia el futuro para, desde esa perspectiva, contemplar en toda su grandeza —y hacer a Sancho partícipe de ella— la gloriosa, que no triste, figura de su insigne autor, su inmarcesible creador.
Pero triste fue, en su tiempo, la figura del inventor de la novela moderna (léase, y con mayúsculas: de la novela; sin más). Triste; y no reconocida por sus contemporáneos. Recuérdese el menosprecio por parte de Lope de Vega. Y no se olvide que un erudito como Baltasar Gracián, en toda la intrincada selva de citas y menciones que constituye su obra, no se molestó nunca, nunca jamás —sólo encontraremos un par de alusiones de pasada, no precisamente elogiosas— en nombrar a Cervantes.
No se culpe a nadie, no obstante: “Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo.”  Si en obra ya tan tardía (1614) como Viaje del Parnaso el inmortal don Miguel, frustrado y fracasado autor teatral, pensaba eso de sí mismo, ¿cómo acusar de ceguera a sus contemporáneos?
Es muy posible que el verdadero valor de la obra que ha llevado a Cervantes a lo más alto del Olimpo, el Quijote, no fuera reconocido en su momento ni siquiera por su mismo autor. Parece ser que él mismo valoraba el Persiles por encima del Quijote; o tal vez confiaba en que aquella su última obra, por ajustarse a los cánones tradicionales, le proporcionaría un verdadero reconocimiento. Juzgue el lector actual. Si es que todavía queda alguno, aparte de quienes tengan que hacerlo por obligación académica —o por prurito moral de escritor, como mi no menos buen amigo El abajo firmante—, capaz de leerla.
Encuentro cierto paralelismo no exento de contraste con el caso de Mozart, que murió sin verse reconocido como lo que más apreciaba: autor de óperas. Hoy en día a Mozart se le reconoce todo: las óperas —al menos las mayores: las tres con Lorenzo da Ponte así como El rapto en el serrallo y La flauta mágica se encuentran a la cabeza de la producción operística de todos los tiempos— y el resto de su música.
A Cervantes le basta y le sobra con el Quijote. Su obra teatral, la poética, e incluso el resto de su obra novelística —Novelas ejemplares también— se encuentra, hay que reconocerlo, a una distancia de años luz de su obra suprema. Pero el Quijote está tan por encima del cielo...
Este tacaño país, que por recientes noticias de prensa está improvisando deprisa y corriendo la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de don Miguel (uno piensa en Inglaterra y en Shakespeare y le brota una lágrima), ¿llegará a tiempo al menos de otorgarle de una puñetera vez el Premio Cervantes?


viernes, 12 de febrero de 2016

Luz azul

Habla la luz azul al alba: “¡Alba, habla!”, dice. “¡Habla, alba!”, insiste. Y entonces el alba habla: “Otro orto”, te dice. Y su voz azulada te expulsa de esa frágil duermevela durante la que todavía sueñas o crees estar soñando todavía, esa huidiza duermevela en la que por un momento te parece incluso estar soñando que sueñas. Antes de rendir los ojos a la ascendente luz azul te aferras por un momento a la menguante penumbra de la alcoba, buscas refugio en ese agonizante rescoldo de un sueño donde todavía Adán nada plácidamente allí donde el río del Edén se parte en cuatro brazos mientras la serpiente se descuelga del árbol y tras saludar a Eva (“Ave, Eva”) le ofrece el fruto prohibido. “Allá va la valla”, exclamas por fin, apartando colcha y sábana de un manotazo. Te incorporas, te sientas en la cama, pones los pies en el suelo y cuando finalmente te haces el ánimo y te levantas te sientes pesado, muy pesado, como una especie de oso soso. “Acata o ataca”, “Ataca o acata”, te dices, pensando con toda la desolación de un Hamlet derrotado de antemano (“¿Qué es más noble para el espíritu?”) en el día que te espera; un día, y eso no es solamente lo malo sino también lo peor, tan pésimo como tantos otros. Empezando por el desayuno: “Sapos y sopas”, piensas; o “Sopas y sapos”, que para el caso es lo mismo. Siguiendo por todas esas largas horas repletas de minutos repletos de segundos todos y cada uno de ellos vacíos de sorpresas, todas esas interminables horas tan idénticas a las de ayer y, no te cabe duda, tan iguales a las de mañana y a las de pasado mañana y a las de la semana próxima y a las del mes siguiente y a las del año que viene y a las de así sucesivamente y a las de etcétera, etcétera, etcétera, hasta que las tijeras de Átropo corten el hilo de una puta vez y el reloj se pare para siempre. Y terminando, tampoco te cabe duda, por esa crepuscular happy hour en la que ahogarás tus penas bebiendo como un cosaco mirando hacia el ocaso. “Ocaso cosaco”, murmuras. Y una absurda asociación de ideas te hace pensar: “Ruso sur”. Y proseguir con una sarta de disparates: “Amor a Roma”, “Odio ese oído”, “Así se sisa”, “Luto o tul”.
¿De qué va esto? No entiendo nada.
Recuerda a Borges: “En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida?

Habla la luz azul al alba: “¡Habla, alba!”, dice. “¡Alba, habla!”, insiste. Y entonces el alba habla. Y te dice: “Luz azul”.

viernes, 5 de febrero de 2016

Sólo sé que no sé nada

Si un excelso (pero, reconózcase, un tanto arrogante) autor como Vladimir Nabokov califica de detestables mediocridades a Stendhal, Balzac y Zola, no se priva en cuanto tiene ocasión de bautizar a Sigmund Freud como el Curandero Vienés y tampoco parece que sienta mucho aprecio por William Faulkner (aunque sí que parece sentirlo en cambio, pues no en vano —y no inmerecidamente, todo sea dicho— le dedica el primer capítulo de su Curso de literatura europea, por una Jane Austen de la que por el contrario todo un Mark Twain abomina), si un mucho más que apreciable narrador como Eduardo Mendoza opina que Kafka es un mal escritor porque no tiene sentido de la narración y sustenta esa opinión poniendo como ejemplo (citándolo de manera incorrecta, por cierto) el principio de El proceso para decir seguidamente: “Hombre, así no se empieza un libro; así se acaba”, si uno de los grandes clásicos de nuestro Siglo de Oro como lo es Baltasar Gracián no se molesta, en toda su intrincada selva de citas y menciones, en nombrar, pues apenas le concede un par de subrepticias alusiones de pasada no precisamente elogiosas, a Dios Padre, es decir, don Miguel de Cervantes, si una novelista de segunda fila de cuyo nombre no quiero acordarme se atreve a proclamar que Borges no es santo de su devoción, si uno de los músicos más importantes del siglo XX, Igor Stravinsky, acusa a Vivaldi de componer quinientas veces el mismo concierto y en respuesta a una pregunta de Marcel Proust asegura detestar a Beethoven, si además de la crítica de unos contra otros pensamos en la crítica de uno contra sí mismo (también conocida como autocrítica) y recordamos los ejemplos de Rossini y Sibelius, por seguir hablando de músicos, quienes dejaron de componer varias décadas antes de su muerte, si volvemos al ámbito literario y desplegamos el amplio catálogo que en Bartleby y compañía el gran Enrique Vila-Matas nos ofrece de tantos creadores que, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no llegan a escribir nunca, o bien escriben uno o dos libros y luego renuncian a la escritura, o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, quedan, un día, literalmente paralizados para siempre (adjudíquese todo el mérito de las cuatro últimas líneas a Enrique Vila-Matas), sí y así sucesivamente, si y etcétera, etcétera, etcétera, entonces ¿qué nos queda?, ¿decirnos, como nos enseñan Gödel y Heisenberg, esos Sócrates modernos, que si hay algo verdadera y realmente cierto es la incertidumbre, que si hay algo que ni siquiera podemos saber es que no sabemos nada?

viernes, 29 de enero de 2016

Cosas que conviene no hacer nunca (o que nunca conviene hacer)

Decir nunca (y mucho menos nunca jamás) a un reloj, ya que podría enfadarse, pararse —hasta ahí hemos llegado, diría— y no dejar nunca (o, peor aún, nunca jamás) de darnos la hora exacta dos veces al día.
Dejar que a una escalera se le suban los humos y que como consecuencia de ello tanto la escalera como los humos se nos suban a la cabeza.
Apresurar a un conejo apresurado, sobre todo cuando se esté vistiendo, porque podría apresurarse todavía más y hacernos llegar tarde a donde fuese que fuéramos.
Tener un pájaro en mano, pues eso nos impediría emprender el vuelo para unirnos a la bandada de los ciento volando.
Darle la espalda a un espejo, que no es cuestión de ser traidoramente apuñalados por nuestro propio reflejo.
Perseguir a nuestra propia sombra, condenados como lo estamos para siempre y condenados como por siempre lo estaremos a ser para siempre Aquiles y a que nuestra sombra sea por siempre la tortuga.
Huir de nuestra propia sombra. (Véase el párrafo precedente y recuérdese la propiedad conmutativa de la suma y de la multiplicación, más popularmente conocida como: y viceversa, y también como: o al revés, que para el caso es lo mismo.)
Tratar de confundir al lector. (Que es precisamente lo que acabamos de hacer en el párrafo anterior.)
Alimentar la mano que muerde la mano que la alimenta.
Arrojar la primera piedra si no nos va a ser posible esconder inmediatamente la mano.
Confesarse por haber pecado contra el sexto mandamiento, no sea que quien nos está dando la absolución nos proponga seguidamente pecar de nuevo.
(¡Qué diablos o demonios!: Confesarse.)
Escribir recto con renglones torcidos ni torcido con renglones rectos. (Que es precisamente lo que hemos estado haciendo todo el rato.)
Renunciar, como nunca renunció ese enormísimo cronopio al que tanto queremos y al que nunca jamás dejaremos de seguir queriendo tanto, a que la literatura no deje nunca (ni mucho menos nunca jamás) de ser ante todo y sobre todo un juego.


viernes, 22 de enero de 2016

Gestos

Echar el flequillo hacia atrás con un movimiento de cabeza acompañado de un soplido que brota de la comisura derecha, seguido todo ello por una arrogante mirada panorámica. Enfrentar con indiferencia una mirada arrogante mientras se agita una coctelera. Apoyar un bolso en la barra, abrir con un pellizco de la mano derecha el cierre de boquilla, sacar un pintalabios y una polvera. Dirigirse hacia la barra con balanceante paso de marinero, permitiendo que el flequillo rebelde regrese sobre la frente. Mirarse en el espejo de la polvera, fruncir los labios antes de retocarlos. Servir con cara de póquer un cóctel en copa cónica. Empolvarse las mejillas con la borla de la polvera. Retirar la coctelera y empezar a limpiarla. Empolvarse la nariz. Sentarse en un taburete, apoyar el codo derecho en la barra y pedir lo mismo que la señorita sin dejar de mirar fijamente a la vecina de taburete. Asentir, alargando el brazo derecho hacia la coctelera, con media sonrisa y una inclinación de cabeza. Cerrar el bolso, colgarlo del hombro derecho, esponjar la melena —primero con una mano y luego con la otra—, coger la copa por el tallo, todo ello sin dejar de mirar de medio lado al vecino de taburete. Echar otra vez el flequillo hacia atrás —ahora con la mano derecha—, haciendo seguir al movimiento de la mano una sonrisa pretendidamente seductora. Devolver la sonrisa mientras la copa se acerca a los labios repintados. Servir el nuevo cóctel, con los ojos concentrados en la copa. Levantar la copa recién servida, proponiendo un brindis. Responder al brindis levantando la propia copa. Intercambiar sonrisas de nuevo. Volver a retirar y limpiar la coctelera. Añadir palabras al intercambio de sonrisas. Permanecer impasible en la barra, esperando órdenes. Entrelazar las copas y dar un sorbo cada uno de la suya. Continuar impasible en la barra, como una estatua de cera. Ir hacia la pista de baile cogidos de la mano. Bailar cada vez más apretados. Regresar a la barra. Pagar (invita él). Agradecer la propina con una inclinación de cabeza y media sonrisa. Salir juntos del local. Meter la mano en el bolsillo derecho del pantalón y palpar las cachas de la navaja de resorte. (Pensar en la hoja plegada, fría, anhelante. Imaginarla desplegada, caliente, saciada. Desearla muy pronto teñida de rojo.)

viernes, 15 de enero de 2016

Amistades peligrosas

Me parece que ya les he hablado en una ocasión, aunque muy de pasada, de otro de mis grandes amigos, el porquero de Agamenón.
Al principio, muy al principio, casi diría que en una época muy remota, fue el quinto malo (para que luego digan) en las partidas de póquer de los viernes, ya sobradamente conocidas por ustedes. Pero como es congénita y genéticamente incapaz de mentir, ni aun con el gesto, terminaba siempre desplumado. Así que a las pocas semanas dejó de jugar. Y desde entonces se limita a mirarnos.
A decir verdad, eso de que se limita a mirarnos es más bien retórica, o literatura, lo que ustedes prefieran. Porque igual que es incapaz de mentir lo es también de estar callado. Y como cuando habla solamente puede decir la verdad —no tiene modo alguno de evitarlo—, pues eso, que no cesa nunca de escupirnos a la cara esas verdades que, la verdad sea dicha, a nadie le gusta oír.
Según él, Segismundo Amis (alias Antoñita la fantástica) es un impenitente soñador, un empedernido soñante, un fantasioso que nunca será nadie ni jamás hará nada, pues nunca jamás terminará lo que empiece si es que lo empieza alguna vez. Tonto el que lo escribe es un Sócrates de pacotilla, siempre tonteando —y menos mal que parece que al fin se ha decidido a dejarlo— con sus tontas breverías o sus breves tonterías. Y lo mejor que podría hacer El que escribe para olvidar es consagrarse directamente al whisky y olvidarse de una vez de escribir todo eso de lo que al final nunca se acuerda.
Pensarán ustedes que falto yo; es decir, El abajo firmante. Pues no. Pero en lugar de contarles lo que dice de mí les contaré lo que me ha hecho: enemistarme con un grupo sedicentemente literario del que (sí, padre; lo confieso) he formado parte durante unos pocos meses. Enemistarme con ese grupo y hacer que me expulsaran de él. No se le ocurrió nada mejor, metiéndose donde nadie le llamaba, que calificar de cursi y de mal escrito —sobraban comas y además estaban mal puestas— un presunto relato de uno de aquellos supuestos escritores. Cuando me preguntaron si estaba de acuerdo con la opinión de mi amigo no tuve más remedio —soy también congénita y genéticamente incapaz de mentir— que decir que lo estaba.
Debo reconocer que me ha hecho un favor, pues lo cierto es que, literariamente hablando, la mayor parte de los miembros de ese grupo son verdaderos indigentes. Vamos, que leer sus deposiciones, además de pena, da verdadera vergüenza ajena (ena, ena). Y las malas compañías literarias pueden ser tan peligrosas, por contagiosas, como las peores enfermedades infecciosas (osas, osas, osas).
Lo malo es que ahora quiere cobrarse el favor ocupando el hueco que ha dejado Tonto el que lo escribe con su pase a la reserva.

Tendré que pensarlo. Tendré que pensarlo mucho. Tendré que pensarlo mucho y muy detenidamente y muy bien durante mucho tiempo. Pues, como habrán podido ver, El porquero de Agamenón (acaba de ganarse la mayúscula de nombre propio) no es precisamente una amistad muy recomendable. Yo diría que es más bien una amistad un tanto peligrosa.

viernes, 8 de enero de 2016

Rediós

A ver si consigo explicarlo. Aunque, pensándolo bien, lo primero que debería explicar es el título de esta columna, más parecido —aun faltándole los signos de exclamación— a una interjección que a otra cosa. Y casi es mejor que se parezca más a la interjección, porque la otra cosa no podría ser nada más que una blasfemia. Y el problema, para los que nos ciscamos en cualquier inquisición, no es que la blasfemia pueda o no pueda ser pecado, puesto que nos ciscamos también en la noción de pecado, sino que del mismo modo que en este lugar y en otros tiempos (recuérdense los avisos que durante los largos años del nacionalcatolicismo franquista decían en bares y tabernas: Prohibido blasfemar) era objeto de sanción, en estos tiempos y en otro lugar sigue siendo objeto, todavía, de decapitación. En fin, que ni interjección ni blasfemia. Ocurre sencillamente que Dios ya lo utilicé como título en una ocasión, y aunque ahora vaya a hablar más o menos de lo mismo no es cuestión de hacerlo del mismo modo ni, por supuesto, bajo el mismo título.
Al grano, me dice el editor, que ya has consumido casi la mitad de tu espacio. Pues bien, al grano: la honestidad y el rigor intelectuales me impiden rechazar de plano y en principio la idea de eso que se ha dado en llamar un Dios personal, creador de todo lo existente (visibilium omnium et invisibilium). Aunque, por así decirlo, tengo una noción bastante particular de esa idea. Pido al lector que, del mismo modo que se aceptan sin chistar los dogmas religiosos, acepte, por pura cuestión de método, las proposiciones que seguidamente formularé y que lo haga considerándolas como postulados, es decir, sin necesidad de demostración.
Primo: Según la famosa ecuación de Einstein, materia y energía serían intercambiables, por lo que no nos importa, fuese una cosa o la otra o una mezcla de las dos, lo que diablos o demonios hubiera en la burbuja cuántica que precedió al Big Bang. Secundo: La religión propone que es el espíritu el creador de la materia, pero lo único evidente es que es de la materia —o de su equivalente, como se ha dicho, la energía— de donde ha emergido la inteligencia, la conciencia o, si así se quiere, el espíritu. Tertio: Velocidad de computación (y entendemos la inteligencia como una forma, tal vez la superior, de computación) y temperatura son directamente proporcionales.
Ergo, de eso —materia o energía; nos da lo mismo— que pudiera estar encerrado en la burbuja cuántica primordial ¿no podría haber emergido (Genitum, non factum) inteligencia, autoconciencia? Y eso, computando a una velocidad infinita bajo una temperatura infinita, ¿no vendría a ser lo que ha dado en llamarse un Dios personal?
Un Dios que horrorizado de sí mismo, horrorizado de estar encerrado —sin saber por qué— durante un instante eterno o una eternidad instantánea (no concibo otra forma de nombrar lo inconcebible) en esa burbuja cuántica decidió —o tal vez no tenía manera de evitarlo— escapar de todo ese horror disolviéndose en el Big Bang.
Y nosotros somos, no el resultado de una creación divina, sino las cenizas y los rescoldos de ese, deliberado o involuntario, suicidio de Dios. Y de ahí su silencio. Porque no sabe que estamos aquí. Y no lo sabe, sencillamente, porque no está entre nosotros.

viernes, 1 de enero de 2016

Feliz año nuevo

Shakespeare se lo hubiera pasado en grande: los ciegos votando a los locos. Esto, parafraseando su Rey Lear (acto IV, escena I: La plaga de estos tiempos es que los locos guíen a los ciegos), es lo mejor que puede decirse, visto el resultado, de las elecciones generales del pasado 20 de diciembre de 2015. Pero el teatro aún no ha terminado (y la ópera bufa —o, mejor dicho, dramma giocoso— de Cataluña, tampoco). Pues es ahora cuando empieza la verdadera representación.
Para empezar tenemos a Ciudadanos, que, muy a su pesar, ha de conformarse con el papel de una Cordelia empeñada en socorrer —y, si se tercia, en sucumbir con él— a su padre putativo, el atribulado Partido Popular, encabezado, mientras siga sosteniendo la testa sobre los hombros, por un perpetuamente dubitativo Hamlet que en lo más profundo de su corazón tal vez habría querido ser Macbeth. (Pero siempre ha tenido demasiadas brujas y demasiados fantasmas paternos en su partido impidiéndole cumplir su sueño.) Todo un espectáculo. Vaya que sí.
Aunque el espectáculo de verdad, el mayor espectáculo del mundo, nos lo está dando el Partido Socialista Obrero Español, empeñado en ofrecernos la representación de una de las obras mayores del bardo: Julio César (¿con el añadido tal vez de Antonio y Cleopatra?). Hagan juego, señores, y repartan papeles. Para el de César ya hay quien lleva todos los números. Pero ¿se atreverá alguien a hacer de Marco Antonio? ¿Quién será el honrado Bruto? ¿Quién Cicerón? ¿Quién Casio? ¿Habrá una Cleopatra? La que podría representar este último papel tiene muy poco de Cleopatra, si acaso el áspid; y por sus aspiraciones parece más bien una lady Macbeth dispuesta, sin necesidad alguna de consorte, a llegar a ser califa en lugar del califa; es decir, a llegar a ser Octavio.
¿Y qué decir de Podemos? ¡Ay!, el que esto escribe confiesa, siguiendo al Arcipreste (Sienpre quis muger chica más que grande nin mayor: / non es desaguisado del grand mal ser foídor, / del mal tomar lo menos, dízelo el sabidor, / por ende de las mugeres la mejor es la menor), que Podemos ha sido —qué remedio— su dueña chica. Pero no por ello deja de parecerle la actitud de estos chicos, que tal vez ellos justifiquen por conveniencias tácticas, muy cercana a la sinuosa doblez de un Yago.
¡Pobre público! Sacada la entrada, depositada en la urna, sólo nos queda presenciar la función. Aunque, más que en el teatro, es posible que estemos en el circo romano, asistiendo a la lucha de los gladiadores en la arena. Pero cuidado, no acabemos cayendo todos del graderío y quedemos en la arena como mártires a merced de los leones. Cuidado, no termine todo esto —metafóricamente, por supuesto; o así lo espero— como en Hamlet, donde al final muere hasta el apuntador. O, peor todavía, como en Tito Andrónico, donde ni siquiera el acomodador consigue salvar el cuello.
Lo dicho: feliz —y próspero— año nuevo.


viernes, 25 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad

Ante la Navidad sólo caben dos opciones: se la rechaza o se la acepta. Se podrá pensar que hay una tercera: ignorarla. Pero eso vendría a ser nada más que una versión atenuada de la primera.
Algo parecido, aunque tal vez con un surtido algo más amplio de variantes, le ocurre al escritor que se enfrenta al dilema de escribir o no escribir un maldito cuento de Navidad. Además de aceptar, rechazar o ignorar la tentación, recurrente cada año, de meterse en ese berenjenal, puede hacer como que escribe el maldito cuento, pero sin escribirlo, o como que no lo escribe, pero escribiéndolo. Y ya puestos a fingir, a disimular, a amagar sin dar, a tirar la piedra y esconder la mano, ya puestos, en fin y con perdón, a hacer el indio, se puede teorizar sobre las diversas opciones que caben ante la Navidad o sobre las no menos diversas variantes a las que se enfrenta el escritor al que se le ocurre la peregrina idea de plantearse el dilema de escribir o no escribir un maldito cuento de Navidad.
Pues es un verdadero dilema. Malo si se elige ignorar. Peor si se elige rechazar. Y pésimo si se elige aceptar. A estas alturas de la Historia Universal de la Literatura (casi digo de la Infamia) ya está todo escrito y más que escrito en lo tocante a cuentos de Navidad. Y además no hay manera de escapar del tópico del corazón duro que al final se ablanda ante el chaparrón de buenos sentimientos que nos inunda en tan señaladas fechas.
Podría tratar uno de ser original haciendo como que mantiene la dureza de corazón, diciéndose que esos mendigos tullidos que nos tienden la mano o el vaso de plástico son a menudo tan falsos como tullidos que como mendigos pues no son otra cosa que miembros de una mafia de avispados pedigüeños, que esos simpáticos jóvenes (suelen ser jóvenes y suelen ser simpáticos) que nos asaltan saliéndonos al paso con la pretensión de hacernos colaborar pecuniariamente en la ONG de turno en realidad no son altruistas voluntarios sino contratados precarios, que esos músicos callejeros o de los pasillos del metro, que esos malabaristas de semáforo, que esos gorrillas, que esos vendedores de pañuelos, que esos limpiacristales, que esos y así sucesivamente, que esos y etcétera, etcétera, etcétera...
Y es precisamente ahora, cuando uno ya estaba empezando a entrar en calor, a desplegar el catálogo de las víctimas que ha ido sembrando esta maldita crisis de nunca acabar, es ahora precisamente cuando hace su aparición en escena la inevitable figura del editor, ese sujeto que como no me paga a tanto la línea procura que las líneas sean las menos posibles y no le resulten así demasiado caras.
Aunque debo confesar que en esta ocasión sus tijeras de recortar me han hecho un inmenso favor, pues la verdad es que no sabía muy bien por dónde tirar ni cómo salir del atolladero, del lío en que me había metido con mi peregrina idea de escribir, pero sin escribirlo, o de no escribir, pero escribiéndolo, un maldito cuento de Navidad.


viernes, 18 de diciembre de 2015

Por el mar corren las liebres

Por el monte, las sardinas. Mañana hice lo que no haré ayer. Lo oí con mis propios ojos. Subí al sótano y desde allí bajé al último piso. Retroceder hacia delante no es igual aunque sea lo mismo que avanzar hacia atrás. Globo hidrostático. Avión submarino. Submarino aéreo. Volar a cuatro patas. Andar de cabeza (ésta no tendría que valer, pues a veces es verdad). Sonreír con las orejas. El gato de Schrödinger sorbe y sopla a la vez. La pescadilla que se muerde la cabeza. La Anebsifna o serpiente de dos colas. Todo cuerpo sumergido en el agua se seca. El fuego apaga el agua. Cuando llueve hacia arriba se inunda el cielo. Si menos por menos es más, más por más es menos que menos, puesto que menos que menos es mucho más que más. Todo cambia salvo el cambio, porque el cambio, al estar siempre cambiando, nunca deja de ser cambio. Todo es uno pero no lo mismo, del mismo modo que yo es otro. Tres personas distintas y un solo Dios verdadero. La justicia es igual para todos. Se puede superar la velocidad de la luz. Dios existe. Lo siento, me he equivocado y no volverá a suceder. Soy inocente. Lo juro por mi conciencia y mi honor. A mí que me registren. Yo soy un político honrado. O nosotros o el caos. Aire opaco. Luz sorda. Eco mudo. Ruido ciego. Calor torrencial. Lluvia tórrida. A donde vengo es el mismo lugar de donde no voy. Tomé el camino de la derecha y lo fui superponiendo palmo a palmo en el camino de la izquierda.
Mañana sábado 19 de diciembre de 2015, jornada de reflexión previa a la jornada electoral del domingo.
Así pues, reflexionemos, hermanos, reflexionemos.
Pasado mañana domingo 20 de diciembre de 2015, jornada electoral. Por fin, ya era hora, llega el tan ilusionadamente esperado día en que los ilusionados vomitantes (queremos decir: votantes) podremos ilusionadamente emitir (queremos decir: vomitar) nuestro no menos ilusionadísimo voto.
Así pues, vomitemos, hermanos, vomitemos. (Queremos decir: votemos.)
Pero ¡ojo!, no se me malinterprete: Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional.


viernes, 11 de diciembre de 2015

Por decir algo

El verdadero escritor, el escritor verdaderamente literario, ha de ser, fundamentalmente y ante todo, un inventor.
Desconfiemos, en principio, del exceso de documentación, de descripción, de detalles. A veces ese exceso no es sino una forma de disimular que el escritor no conoce realmente, no ha experimentado, no ha vivido aquello de lo que nos está hablando. Una novela no ha de ser, por ejemplo, una guía turística. Un conocedor de París o Londres o Nueva York no necesitará fingir que lo es abrumándonos con el recuento de cada farola y de cada árbol y de cada banco de un parque. Escogerá solamente lo que sea significativo y pertinente para la narración. Recuérdense el clavo o la pistola de Chéjov: si aparecen al principio de un relato habrán de ser los mismos con los que al final, bien colgándose de uno, bien disparándose con la otra, acabe suicidándose el protagonista.
Un grandioso ejemplo de invención es el que nos da Herman Melville en el capítulo IX de Moby Dick, dedicado al sermón del padre Mapple. Este capítulo, de unas diez páginas, forma una unidad con los dos que le preceden, mucho más breves. Una unidad (la capilla con sus lápidas dedicadas a quienes murieron en el mar; el capellán que antes fue marinero y arponero; el púlpito que es como la proa de un barco y al que se accede por una escala de gato; el sermón, en fin, basado en el episodio bíblico de Jonás y la ballena) que es como un microcosmos donde ya se contiene simbólicamente toda la novela. Pero ésa es otra historia.
Lo que nos interesa ahora es la maravilla que por boca del padre Mapple hace Melville con el personaje de Jonás. En un proceso similar, pero inverso, al que acabamos de señalar, del microcosmos de unas pocas líneas de la Biblia y de un personaje poco más que simbólico consigue extraer Melville y ofrecernos, a lo largo de las diez páginas de ese capítulo IX, un Jonás humano, atormentado, contradictorio, de carne y hueso. Un Jonás en el que todos y cada uno de nosotros podemos reconocernos.
Llegados aquí (cuando las tijeras del editor veas asomar pon tu texto a recortar) podrá pensar el lector que no le parece nada lógico que haya empezado con una crítica al exceso de documentación, de descripción, de detalles, y que después escoja como ejemplo precisamente a Melville. De acuerdo, pero no se olvide que he dicho en principio y a veces, y sobre todo no se olvide que Melville no es un escritor de copia y pega sino que vivió, experimentó y conoció realmente aquello de lo que nos habla.
¿Y a santo de qué —podrá también pensar el lector— este sermón sobre un sermón? Y ahí sí que me ha pillado. Porque llevo una buena temporada queriendo ser un inventor, tratando de inventar un relato para esta columna, algo verdaderamente inventivo. Pero no se me ocurre nada. Y cuando me ocurre eso, sigo un viejo consejo (igual acabo de inventármelo): si no sabes lo que escribir, escribe sobre literatura.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Qué Cómo

O dicho de manera tan arcaica como superada: sobre el fondo y la forma. El hecho de que lo verdaderamente importante es cómo se cuenta una historia no debería hacernos olvidar que para poder ser contada es necesario que haya una historia que contar. Y al revés, que para el caso es lo mismo.
Podrá parecer mentira desde la perspectiva actual, alcanzado ya un consenso según el cual la separación entre fondo y forma no es válida ni siquiera como distinción metodológica, pero hubo una época en que los partidarios del qué-fondo-historia y los del cómo-forma-ynadamás llegaron a estar ferozmente enfrentados.
Nada grave si la pelea se hubiera librado solamente en el terreno de lo académico, lo teórico y lo crítico. Lo malo fue que trascendió al terreno de lo práctico, y los sufridos lectores tuvimos que padecer tanto las miserias del peor realismo social como las nadas del más infame formalismo estructuralista.
Afortunadamente, los verdaderos escritores, los verdaderamente grandes de cualquier época son los verdaderos (sí, y tres; ¿pasa algo?) antídotos contra los venenos de esas querellas de bufones académico-teórico-críticos que se dan igualmente en (sí, también) cualquier época.
Léanse, por ejemplo —si aún no se ha hecho, y si ya se hizo no estaría de más releerlas—, maravillas como la endiablada elaboración intelectual de Pálido fuego, por nombrar una sola de las intelectualmente endiabladas obras de Nabokov, los atrevimientos estructurales de algunas de las novelas de Faulkner, la compleja arquitectura de la Recherche proustiana (no se deje nunca de volver, por supuesto, al Quijote) y tal vez se comprenda lo que trato de decir.
Precisamente Proust, en El tiempo recobrado, escribe (traduzco como puedo): “La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el científico, con la diferencia de que en el caso del científico el trabajo de la inteligencia precede y en el del escritor viene después”.
El término impresión en esta frase puede entenderse también como sensación, como emoción, como idea. Y eso sería lo fundamental en toda obra literaria: la idea, o las ideas, que surgiendo del corazón acaban tomando forma con la ayuda de la cabeza.
Llegado aquí, sin tiempo ni espacio para mucho más, consciente de que ya se acerca el editor armado con sus tijeras de recortar, releo lo escrito hasta ahora (¿es posible no ya releer sino ni siquiera leer lo todavía no escrito?) y no me parece otra cosa que una deslavazada sucesión de triviales generalidades (discúlpese el pleonasmo). Y atribuyo esa falta de estructura, esa ausencia de pies y de cabeza, a la ausencia y a la falta, precisamente, de ideas.
Aunque quizá sea eso lo que se trataba de demostrar.
(O tal vez el objetivo de esta columna no haya sido otro que el de sostener el pretendidamente ingenioso y posiblemente estúpido título que la encabeza.)


viernes, 27 de noviembre de 2015

Rosencrantz y Guildenstern

Shakespeare es inagotable. Empleando una expresión tan vulgar como utilitaria, puede afirmarse que de él, al igual que del cerdo, cabe aprovecharlo todo. Se ha dicho y repetido que sus obras son un catálogo completo de las pasiones humanas. Y es cierto. Pero no solamente por la amplia galería de retratos de sus personajes principales.
A imagen de las muñecas rusas, que alojan en su interior reproducciones sucesivamente reducidas de su figura, hasta en los personajes más episódicos, aquéllos que apenas disfrutan de una fugaz aparición con una o pocas frases, es capaz Shakespeare de sugerirnos, tan sólo con un par de pinceladas, un rasgo de la naturaleza humana.
Rosencrantz y Guildenstern son un poco más que personajes episódicos. Alcanzan, por su aparición en varios momentos de la tragedia de Hamlet, la categoría de secundarios. Y su recorrido por el drama permite considerarlos como símbolos, aunque  menores si se quiere, de la condición humana.
Llamados por el rey Claudio, como antiguos compañeros de juventud del príncipe Hamlet, para averiguar las razones de su aparente desvarío (léase: para espiarlo), pronto demostrarán su doblez al traicionar al que fue su amigo.
Borges, en una conferencia sobre el Quijote pronunciada —en inglés— en 1968 en la Universidad de Texas, Austin, dijo: “Y creo que todos podemos considerar a don Quijote como un amigo. Esto no ocurre con todos los personajes de ficción. Supongo que Agamenón y Beowulf resultan más bien distantes. Y me pregunto si el príncipe Hamlet no nos hubiera menospreciado si le hubiéramos hablado como amigos, del mismo modo en que desairó a Rosencrantz y Guildenstern”.
Aunque ajustado, como no podía ser menos, el juicio de Borges no parece del todo justo en este caso. El menosprecio de Hamlet —personaje, por otra parte, nada amigable— se debe a que desde el primer momento olfatea la doblez, la traición de sus sedicentes amigos.
Por sumisión, por servilismo ante el poder (¿por cobardía, quizás?) llegan a prestarse, como acompañantes de Hamlet en un viaje de Dinamarca a Inglaterra donde debería ser asesinado, a servir de portadores de unas cartas que contienen la sentencia condenatoria. Pero un giro argumental hace que Hamlet encuentre y sustituya las cartas con las instrucciones de darle muerte y ordene en cambio al receptor de las mismas la ejecución de sus falsos amigos.
Destino de quienes le traicionaron que no pesa en absoluto sobre la conciencia de Hamlet y que considera plenamente merecido, pues (acto V, escena II): Fuerte peligro es para un débil el introducirse entre las puntas de las espadas de dos fieros y potentes adversarios.

Lo último que sabremos de ellos, ya casi al término de la obra, es lo mismo que al final acabará sabiéndose de todos y cada uno de nosotros: Rosencrantz y Guildenstern han muerto.

viernes, 20 de noviembre de 2015

¿Qué?

El columnista que no haya escrito nunca sobre lo que se escribe cuando no sé qué diablos o demonios escribir en la columna que me he comprometido conmigo mismo y con mis hipotéticos lectores a —seamos sinceros— perpetrar semanalmente que arroje la primera piedra.
Haga como yo, no se meta en política, digo en literatura, podría aconsejar alguien de infausta memoria. Pero resulta que ya es jueves y la columna ha de estar escrita para mañana viernes y no me da tiempo (acabo de leer en la prensa que abrir una empresa es más fácil en 82 países, antes que en España) de inaugurar una verdulería con las hortalizas que a buen seguro voy a recibir como obsequio de los lectores que hipotéticamente se pasen por aquí. (Además, el floreciente negocio de fruterías y verdulerías ya está acaparado por avispados empresarios procedentes de lo que en mis años infantiles se denominaba el Indostán.)
En momentos de bloqueo creativo como el presente solía recurrir a mis amigos para que me ayudaran a salir del apuro. Pero Tonto el que lo escribe ya me ha dicho que al final de este año se retira de las tonterías y que para lo que le queda de estar en el convento... El que escribe para olvidar parece haberse olvidado de escribir. Y Segismundo Amis continúa sin despertar de sus fantasiosas ensoñaciones.
Así pues, sólo me es posible pedir auxilio al mejor de mis amigos: El abajo firmante (es decir, un servidor de ustedes; o sea, yo y yo y yo y solamente yo y nadie más que yo; aunque a veces no sé muy bien si firmo abajo o si firmo arriba).
Me dice —es el más fiel, el más de fiar, el que casi nunca me falla— que tiene una idea para un cuento de misterio. Algo todavía muy en embrión que tal vez daría para un relato de cierta longitud, no uno de esos mini/micro/nanocuentos (mierdacuentos en realidad, tan cultivados y apreciados por los malos escritores de Internet) que no van más allá de una simplona y supuesta ocurrencia rematada —nunca mejor dicho— a las pocas líneas (muy pocas; cuantas menos, mejor) por una no menos supuesta y simplona ingeniosidad final.
En esencia, se trata de alguien —posiblemente en silla de ruedas, como el protagonista de La ventana indiscreta— que sospecha que en una sastrería frente a su domicilio ocurre algo muy extraño: nunca ha visto salir de allí a algunos de los clientes a los que había visto entrar. Un buen día se le ocurre acercarse al escaparate de la sastrería y reconoce en los hiperrealistas rasgos de los maniquíes los rostros de los clientes desaparecidos. Cae entonces en la cuenta de que junto a la sastrería hay un negocio de taxidermia...

Pero en este preciso momento acude el mejor de mis enemigos (ya saben ustedes: el editor, ese tipo que me raciona el espacio) y nos deja a todos, a ustedes y a mí, con la miel en los labios.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Ser o no ser entre la pena y la nada

Il n’y a qu’un problème philosophique vraiment sérieux: c’est le suicide. Juger que la vie vaut ou ne vaut pas la peine d’être vécue, c’est répondre à la question fondamentale de la philosophie.

Albert Camus. Le Mythe de Sisyphe

Todos (incluso los suicidas; al menos hasta el momento en que deciden dejar este mundo), y tal vez consista en eso la grandeza de la gran literatura, tenemos algo a la vez de Hamlet y de Harry Wilbourne.
En una situación de completo derrumbe vital (muerta su amante a consecuencia de un aborto y condenado él a prisión por su implicación en el suceso), Harry Wilbourne (Las palmeras salvajes, William Faulkner), enfrentado a la idea de terminar con todo, decide que entre la pena y la nada elige la pena.
Esta decisión de seguir viviendo, de continuar sufriendo los golpes y dardos de la adversa fortuna en lugar de tomar las armas contra ese piélago de calamidades y, haciéndoles frente, darles fin de una vez, parece disipar de un plumazo la atormentadora duda hamletiana.
Si consideramos a Hamlet como alguien que da vueltas perpetuamente alrededor de las paradojas de Zenón de Elea (la flecha nunca podrá abandonar el arco, Aquiles nunca podrá dar alcance a la tortuga) sin resolverlas, Harry Wilbourne sería el que encuentra la mejor manera de refutarlas: poniéndose a andar (y demostrándonos de paso —séanos permitido este paréntesis digresivo— que el tal Zenón no dejaba de ser un tahúr del Misisipi, un sofista avant la lettre: si la flecha nunca podría abandonar el arco, tampoco habrían podido Aquiles y la tortuga dar inicio nunca a su carrera).
Aunque ¿no es posible que sea Hamlet, con su temor a un sueño eterno poblado de pesadillas, quien, paradójica y verdaderamente, en su aparente inmovilidad vaya más lejos, logre abandonar el arco y consiga dar alcance a la tortuga? Porque, si se piensa bien, en esa aceptación de la pena por parte de Harry Wilbourne parece haber algo de trampa, algo de ventajismo: cree saber que esa pena no será perpetua, que terminará algún día, que al final —liberándole así de ella— acabará triunfando la nada.
Pero ¿y si, como teme Hamlet, no fuera así?
Imaginemos que después de muertos se nos ofreciera la oportunidad de elegir entre continuar dormidos para siempre, anonadados eternamente en un interminable y dulce sueño sin pesadillas, o asistir a un juicio —cuyo veredicto desconoceríamos previamente, por supuesto— del que dependerían un cielo o un infierno eternos.

¿Seguiría entonces Harry Wilbourne rechazando la nada? ¿Y tú, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano, qué elegirías?

viernes, 6 de noviembre de 2015

Perfección

La perfección, como la muerte (y su contrapartida, el embarazo), no admite grados. Se está vivo o se está muerto. Se es perfecto o se es imperfecto. Así. Sin más. Y sin menos. No obstante, al igual que podemos decir medio muerto, podemos decir también casi perfecto. Incluso, yendo más allá, al otro lado de la frontera de la perfección, cruzando de una orilla a otra del nunca remansado río del lenguaje, nadie se extrañaría de oír que alguien o algo es demasiado perfecto.
Demasiado perfecto. Quizás era eso lo que pensaba Dios de sí mismo y de su infinita e inacabable gloria desde el principio de la eternidad (sí, he dicho desde el principio de la eternidad), desde lo más profundo, recóndito y remoto del oscuro pozo de los tiempos. Y tal vez por eso, para compensar tanto exceso de perfección, tanta gloria inacabable e infinita, fatigado de todo ello, tuvo que crear el universo.
Tal vez. Tal vez por eso, por saberse imperfecto de raíz, el universo crece como un árbol cuya savia busca la luz de la perfección a lo largo del tronco, hacia el extremo de las ramas, en lo más alto de la copa, condenada siempre a no alcanzarla. Tal vez por eso esa infernal sucesión de cataclismos cósmicos que transforman las partículas en átomos, los átomos en moléculas, las moléculas en monstruos como, por ejemplo, nosotros. Tal vez por eso esa alocada huída hacia delante, ese homérico combate con la gravedad (que a veces se venga, se desquita, se toma la revancha en forma de agujeros negros), esa acelerada expansión hasta que un día, en lo más profundo, recóndito y remoto del oscurísimo pozo de un gélido futuro, la última de las partículas elementales acabe disolviéndose en esa primigenia nada cuántica de la que al parecer procede todo y de la que todos, al parecer, procedemos.

Demasiada perfección. Tal vez. Se cuenta (y si no se contaba antes, es posible que se cuente a partir de ahora) que Venus, la Venus, encontrándose tal vez demasiado gloriosa y demasiado perfecta, sintiéndose quizás fatigada por tanta perfección y tanta gloria, le dijo a Milo cuando se vio esculpida: “Córtame los brazos, anda. Venga, córtamelos. Sí, hombre, atrévete. No tengas miedo”.